La Organización Mundial de la Salud ha estimado que las enfermedades transmitidas por
alimentos afectan anualmente a cientos de millones de personas a nivel mundial, siendo las
deficiencias en las prácticas higiénico-sanitarias uno de los factores determinantes en su
aparición [3]. En este contexto, bacterias como Escherichia coli y Staphylococcus aureus son
ampliamente utilizadas como microorganismos indicadores de contaminación en
superficies de contacto con alimentos. E. coli se asocia principalmente con contaminación
de origen fecal y con cuadros gastrointestinales severos, mientras que S. aureus destaca por
su capacidad de producir toxinas termoestables responsables de intoxicaciones
alimentarias, incluso cuando el alimento ha sido sometido a procesos térmicos (4–6).
Tradicionalmente, la industria alimentaria ha recurrido al uso de desinfectantes químicos
sintéticos, tales como compuestos clorados, amonios cuaternarios y alcoholes, debido a su
alta eficacia antimicrobiana. No obstante, el uso continuo de estos agentes se ha
relacionado con efectos adversos, entre ellos la generación de residuos químicos, el
impacto ambiental negativo, la corrosión de superficies y equipos, así como el desarrollo de
resistencia microbiana (7,8). Estas limitaciones han impulsado la búsqueda de alternativas
naturales, seguras y sostenibles que permitan mantener niveles adecuados de higiene sin
comprometer la salud humana ni el ambiente.
En los últimos años, diversos estudios han demostrado que los extractos vegetales y los
aceites esenciales poseen compuestos bioactivos con propiedades antimicrobianas, entre
los que destacan flavonoides, saponinas, compuestos fenólicos y terpenos. Estos
metabolitos secundarios ejercen su acción principalmente mediante la alteración de la
membrana celular bacteriana, la inhibición de enzimas esenciales y la interferencia en
procesos metabólicos fundamentales para la supervivencia microbiana (9–11). Debido a
estas características, los productos de origen vegetal han despertado un creciente interés
como potenciales agentes desinfectantes en la industria alimentaria.
El barbasco (Bonellia sprucei) es una planta nativa de regiones tropicales de América del
Sur, tradicionalmente utilizada por comunidades locales por sus propiedades biológicas.
Investigaciones previas han reportado la presencia de saponinas y otros compuestos con
actividad tensoactiva y biocida, lo que sugiere su posible aplicación como agente
antimicrobiano (12,13). Por otro lado, el aceite esencial de anís estrellado (Illicium verum)
es ampliamente reconocido por su alto contenido de anetol y otros compuestos aromáticos
con demostrada actividad antimicrobiana frente a bacterias Gram positivas y Gram
negativas (14,15).
A pesar de la evidencia científica que respalda la actividad antimicrobiana individual del
extracto de barbasco y del aceite esencial de anís estrellado, la información disponible sobre
su uso combinado como desinfectantes para superficies en contacto con alimentos crudos
es limitada, especialmente en el contexto agroindustrial ecuatoriano. Esta brecha de
conocimiento justifica la necesidad de evaluar formulaciones alternativas que integren
ambos compuestos y permitan determinar su eficacia real frente a microorganismos
indicadores de contaminación.